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23 Jul 2024
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«No dejaré que le pongan la etiqueta LGTB a mi novela para hacerla pequeña» la primera novela de Alana S. Portero

Llamar a alguien por su nombre cuando estás en la primera fase del enamoramiento es una sensación estimulante y universal. Cuando enuncias el nombre de alguien se crea un vínculo entre ambos, guardas respeto hacia la persona, algo que en el caso de las personas transexuales es todavía más importante

“No dejaré que le pongan la etiqueta LGTB a mi novela para hacerla pequeña, porque no lo es”. Me parece justo comenzar este breve artículo destacando estas palabras que la historiadora, poeta, dramaturga y activista Alana S. Portero pronunció en una entrevista para la web de La Sexta. Lo cierto es que, a pesar de no llegar a las trescientas páginas, La Mala Costumbre de novela pequeña tiene bien poco. Lejos de ser una novela nicho, la parte LGTB, si bien está presente, es tan sólo un añadido que completa un relato en el que el trasfondo obrero, la heroína o la búsqueda de la identidad serán realidades igual de fundamentales para entender el conglomerado que conforma un libro tan completo como este.

La mala costumbre cuenta la historia de una joven nacida en el barrio madrileño obrero de San Blas en los años 80 y 90. La protagonista crece en un entorno hostil en el que la droga acaba, como la peor de las plagas, con la vida de los más jóvenes, mientras que otros problemas como la falta recursos o la violencia de género imperante acechan a las familias humildes.

“Había desarrollado mi conciencia obrera sabiendo que ellos y ellas, mis iguales de clase, mis compañeros, me dejarían caer las veces que hiciese falta antes de adaptar una parte de la lucha común para hacerme un hueco”.

La conciencia de clase que presentan los habitantes de este barrio madrileño es uno de los aspectos más interesantes de la novela en cuanto a crítica social se refiere. La pertenencia al mismo grupo por su trasfondo se materializa en un irremediable apoyo entre los vecinos del barrio. Sin embargo, esta sensación de grupo deja apartada a las personas más disidentes, lo que incrementa todavía más su aislamiento. La protagonista señala muchas veces esta falta de compromiso en su entorno, que la obliga a tener que buscar sus aliados fuera de este.

“De niña no me daba miedo pensar en ser así, ni fantasear con ello, me aterraba la reacción de los demás viendo cómo se expresaban sobre algo que era tan bello”.

Los primeros años de juventud de Sempe (así es como la nombra Jay, un joven con el que la protagonista tiene su primer beso) se narran rápido, a través de pequeñas pinceladas que abordan cómo es la infancia de una joven que tan sólo encuentra refugio en su habitación. Todos sus gestos, sus gustos y sus intereses se forman entre las cuatro paredes de su cuarto, relegando todo contacto con el exterior a un plano casi teatral, continuamente impostado. Pronto se da cuenta de que fingir le garantiza una seguridad y comodidad a las que su miedo no le permite renunciar. Las personas por las que muestra especial simpatía en el barrio son un referente negativo: personas del colectivo que eran el centro de las críticas y menospreciadas continuamente. Así, su personalidad se va conformando a través de numerosas referencias cinematográficas, musicales, literarias y pop que la obligan a guardar el secreto de su habilidad para bailar como Madonna en Like a Virgin o su potencial vocal en Marinero de Luces. Teóricamente, nadie le ha robado la infancia, pero en la realidad, todos los que han tenido el gusto de conocerla han asistido a la pérdida de inocencia de una niña demasiado pronto.

“El maldito tiempo, lo que se nos arrebata a las mujeres como yo. El tiempo de ser niñas, el tiempo de ser adolescentes, el tiempo de llorar por imbéciles, el tiempo de hacer amigas, discutir con ellas y hacer las paces enseguida, el tiempo de bailar como locas, el tiempo de aprender a ser mujeres sin interrupción”.

La adolescencia de la protagonista viene marcada por una disforia de género fruto de un inevitable desarrollo físico. Mientras que en su barrio sigue permaneciendo en la sombra, su primer amorío con Jay, un joven de su edad, le ofrece un mundo desconocido ante sus ojos. Es aquí donde la novela se muestra apasionante, tanto en su historia (que nunca deja de serlo a pesar de la crueldad), como en los ambientes y decorados más pintorescos. El barrio de Chueca y sus locales casi clandestinos se convierten en una zona de refugio, donde no solamente puede sentirse libre, sino que puede ver a otra gente como ella. Se reivindica la importancia de los espacios seguros durante unos años en los que la necesidad de unión por parte del colectivo era fundamental. Tras encontrar su verdadera identidad, comienza un proceso de autoafirmación complicado, en el que las adversidades y las continuas encrucijadas conforman una vida llena de vacíos y ausencias.

“Nadie que no entendiese lo que era temer al espacio público o avergonzarse por ocuparlo en libertad podía entender lo que me estaba sucediendo en ese momento”

Contar mucho más del argumento de la novela sería hacer un spoiler injusto con el lector y con la propia obra. La búsqueda de identidad de esta protagonista y de mujeres referentes en las que verse reflejada te hará recorrer un sinfín de emociones, acompañándola en el descubrimiento de nuevos mundos, como la prostitución de mujeres transexuales y travestis en la calle Montera o la decadencia y pobreza que atravesó la clase obrera en los años 80 y 90 en España.

El tercer capítulo de la obra se llama “Di mi nombre”. A pesar de que no parece guardar ninguna relación con la conocida canción de Rosalía bajo el mismo título, que representa una declaración amorosa, hay un punto de encuentro entre ambas realidades. Sempe no sabe cómo llamar a “La Peluca”, una bruja vieja del barrio que todo el mundo conocía por su apodo. Cuando descubre que en realidad se llama María, parece que la joven humaniza a este personaje, comienza a mirarla de verdad. Resulta curioso, aunque no casual, las escasas alusiones hacia el nombre de la protagonista. Llamar a alguien por su nombre cuando estás en la primera fase del enamoramiento es una sensación estimulante y universal. Cuando enuncias el nombre de alguien se crea un vínculo entre ambos, guardas respeto hacia la persona, algo que en el caso de las personas transexuales es todavía más importante. El nombre libera, pero también encarcela. La letra de la artista catalana puede servir como símbolo de ese secretismo primerizo sobre la identidad, incluso durante los encuentros amorosos. Aquí un extracto de la letra de la canción:

“Di mi nombre; Cuando no haya nadie cerca; Que las cosas que me dices; No salgan por esa puerta; Y átame con tu cabello; A la esquina de tu cama; Que aunque el cabello se rompa; Haré ver que estoy atada”.

Los no- lugares

El antropólogo Marc Augé da nombre a este término, que define como lugres contemporáneos de confluencia anónimos, donde personas desconocidas se deben instalar durante un tiempo de espera marcado. Las personas son anónimas mientras permanecen en esos espacios, produciéndose apenas un veloz cruce de miradas entre dos individuos que nunca más se encontrarán. Algunos ejemplos de no-lugares pueden ser, variando según la cultura y tradición, los medios de transporte, áreas de descanso o aeropuertos.

Alana S. Portero introduce este término para hablar del lugar del primer beso entre la protagonista y un joven. “La primera vez que nos vimos a solas habíamos quedado frente a una de las puertas laterales del cementerio de la Almudena (…) Aquel era un no-lugar por el que solo pasaba una carretera adoquinada de doble sentido muy estrecha, y todo lo que se veía eran los muros perimetrales de la necrópolis”.

No parece una mera casualidad que este episodio se produzca en un lugar así. Las personas como la protagonista han estado (y lo siguen estando en muchos lugares) condenadas a estos espacios en los que el anonimato les garantiza seguridad. Privar de los espacios comunes a las minorías o a los marginados ha sido habitual a lo largo de la historia, y es una forma de violencia no explícita. La protagonista se merecía un beso de despedida enfrente de su portal del barrio de San Blas, bajo la esquiva mirada de los transeúntes, pero su adolescencia se esfumó sin haber experimentado nunca ese hormigueo en el estómago que toda persona tiene el derecho y el deber de sentir, al menos una vez en su vida.

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