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23 Jul 2024
23 Jul 2024
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Sadismo y obediencia: los experimentos de Stanley Milgram

Como señalan estudios llevados a cabo en Yale, la obediencia despersonaliza y la distancia mecanizada contribuyen a eludir toda asunción de las consecuencias

Todo ocurrió en la Universidad de Yale, sede de la sociedad secreta Skull & Bones estrechamente relacionada con la CIA. Dos roles: maestro-alumno y carcelero-preso. A Foucault, claro está, el juego le habría encantado. Uno imparte castigos, por medio de un botón, y amparado tras una cámara Gesell; el otro, aparentemente un individuo seleccionado al azar, pero en realidad un actor, finge estar sufriendo descargas eléctricas cuando el botón es pulsado por el carcelero/maestro. Este segundo rol, representado por un individuo anónimo real, es el verdaderamente importante en el experimento, para mejor evidenciar: ¿Somos capaces de aplicar a otros el dolor si sentimos que no nos descubrirán y que debemos hacerlo acatando órdenes?

Alguien quiso probar hasta qué punto los hombres nos podemos comportar como máquinas sin atender a las consecuencias espirituales de nuestros actos. Se trataba del psicólogo Stanley Milgram que, entre los años 1961 y 1964, hecho coincidente en el tiempo con los juicios y la posterior ejecución de Adolf Eichmann, que llevó, tras una serie de entrevistas, al establecimiento por parte de Hannah Arendt de la dudosa noción de “banalidad del mal”, decidió ir más allá en la exploración de la capacidad del ser humano para corromper sus propias normas desde una subjetividad eminentemente frívola. Algo que, en opinión de quien escribe, está más cerca del lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki que de referirse al trabajo de Eichmann en el mal llamado Holocausto.

Veamos cual es la respuesta que arrojan los experimentos de Milgram, ampliados en un libro de 1974 titulado Obediencia a la autoridad donde se concluyó que, como resultado de las distintas “situaciones” simuladas, toda persona normal podría desempeñar actitudes increíblemente despiadadas y crueles, con independencia de su sexo, raza, ideología o clase social, si alguien investido de una cierta autoridad las incitaba a ello con insistencia. De hecho, las conclusiones recogidas en el experimento con los sujetos que desempeñaron el papel de maestro/carcelero son increíblemente parecidas a aquellas recabadas por Hannah Arendt durante sus entrevistas con Adolf Eichmann.

Al principio, los sujetos investigados por Milgram no tenían claro que ocurriría al pulsar el botón cuando recibieran la orden. Por las reacciones del alumno/preso pronto quedó claro que se trataba de un estímulo doloroso. Milgram pensó que la mayoría de los sujetos pararían al ver cómo los efectos de las supuestas descargas se acumulaban sobre los hombres maniatados al otro lado del cristal. Error. Incluso cuando el receptor de las descargas fingía un desmayo, que el torturador creía como real, el maestro/carcelero seguía aplicando las descargas. Y hay más: al parar de recibir órdenes, la conducta sádica no cejaba. El torturador quiere llegar hasta el final. No sabe por qué tortura, pero ha asumido con naturalidad su rol en cuestión de minutos. Sin responsabilidad de ningún tipo, emerge la pulsión ritual que quiere impartir violencia ritual según el ejemplo mimético que ha captado de la autoridad que comenzó ordenándole dar las descargas.

La obediencia despersonaliza; y la distancia mecanizada, propia de una racionalidad técnica despojada de orientación superior, contribuye a eludir toda asunción de las consecuencias. Así funciona la máxima de la guerra moderna: un dron puede eliminar un número gigantesco de personas; bombas y misiles pueden derrumbar hasta el último tablón de un pueblo; y aquellos que hayan tocado el botón apenas si serán capaces de sentirse responsables del daño.

Sustituyendo lo mitológico por lo directamente ideológico, podemos destacar otras películas como A Clockwork Orange (1971), Saló, o los 120 días de Sodoma (1975), Pleasantville (1998) o La cinta blanca (2009). Louis Althusser definió la ideología como “la relación imaginaria que el sujeto tiene con lo Real”. Una relación que no debe ser entendida de forma inocente, sino siendo conscientes del proceso de manipulación, en palabras de Michel Foucault: «El poder construye nuestra forma de pensar”, desencadenando “la amarga tiranía de nuestras vidas cotidianas”. Las tres películas, a cargo en cada caso de Kubrick, Pasolini y Haneke, vinculan directamente la estructura de poder con la percepción privada de lo sexual que tienen sus personajes. El sadismo, la represión, el abuso y la censura aparecen, paradójicamente, como distintas versiones del mismo fenómeno de castigo y control.

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