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21 Jul 2024
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Zweig y el fin de la Civilización europea

El polifacético Stefan Zweig, uno de los mejores autores de su tiempo, nos invita a reflexionar sobre el legado europeo en un momento de profunda crisis.

Imagen de: Ethic

Fue uno de los grandes escritores de su tiempo. Aunque realmente lo sigue siendo, pues sus libros, a pesar de los años transcurridos desde su trágica muerte en la ciudad brasileña de Petrópolis, en 1942, continúan publicándose y cosechando un éxito ininterrumpido. Stefan Zweig, partícipe de esa extraordinaria floración cultural nacida en la Viena de finales de los Habsburgo, ciudad cosmopolita, donde, a la sombra del viejo emperador, Francisco José, se produjo uno de los momentos más ricos e intensos de la cultura europea. Una cultura de la que Zweig se sentía partícipe y heredero.

Desde los veinte años comenzó una carrera literaria amplia, profunda, fecunda. Escribió sobre todo tipo de temas, en los más diversos géneros. Analizó, con minuciosidad y delicadeza exquisitas, algunas de las figuras más señeras de la historia, la literatura, la política o el arte del viejo continente. Desde la biografía de Verlaine hasta su autobiografía, El mundo de ayer, significativamente subtitulada Memorias de un europeo, Zweig se acercó a personajes tan distintos y complejos como María Antonieta, Fouché, María Estuardo, Calvino, Nietzsche o Montaigne.

“Un lector impaciente y temperamental” que, fruto de abundantísimas lecturas, se atrevió con la poesía, con el teatro, con el ensayo. Viajero, conferenciante, pacifista durante la Gran Guerra, coleccionista… son múltiples las facetas de una personalidad polifacética, que estuvo en contacto con algunos de los principales representantes de la cultura del momento.

Sus obras conocían un éxito fulgurante, siendo uno de los autores en lengua alemana más leídos de su tiempo. Pero su origen judío llevó a la prohibición y destrucción de sus libros con el ascenso de Hitler. La anexión de Austria al Reich le empujó a una continua peregrinación que concluyó en Brasil, cuando, convencido del triunfo del nazismo y de sus aliados, decidió suicidarse junto a su esposa.

La civilización europea occidental

Descubrir a Zweig fue para mí una de las mayores dichas dentro de mi continuo navegar por la galaxia Gutenberg. Las cuidadas ediciones de la editorial Acantilado, aunque no sólo de ella, me han proporcionado momentos de gran intensidad estética. Y una continua invitación a reflexionar sobre el legado europeo, en un momento de profunda crisis, distinto, pero a la vez similar al contexto que vivió en sus últimos años nuestro autor, un legado marcado por el humanismo, que vio amenazado por el totalitarismo de su época, y que nosotros podemos sentir atacado por los nuevos aprendices de dictador que germinan por doquier.

Como Zweig, podemos temer el fin de una civilización, la europea occidental, que con sus innegables sombras, ha generado espacios para ser libres, para desarrollarnos como personas, para sentirnos ciudadanos. Vemos, a nuestro alrededor, múltiples asechanzas, comenzando por las de quienes, herederos de ese legado, parece que reniegan de él, desde la ignorancia, el prejuicio o la ceguera ideológica.

Y, sin embargo, tenemos que sentirnos orgullosos de nuestra rica tradición, que ha puesto al ser humano, a la persona humana, al Ántropos, en el centro, desde que hace unos tres mil años los griegos, nuestros padres culturales, empezaran, con los cantos homéricos, a buscar la excelencia, la virtud, aquella areté que suponía lograr un equilibrio casi perfecto entre el cultivo del cuerpo y el del espíritu.

Una virtud democratizada en la obra de Hesíodo y más tarde profundizada por los grandes filósofos, quienes, una vez logrado el salto del mito al logos, buscaron la plena realización del zoon politikón en la vida social, en la participación en la redacción y aplicación de las leyes, en la consecución de la felicidad individual y colectiva.

Temer el fin de una civilización

Las viejas y perennes reflexiones de Sócrates, Platón, Aristóteles. Aquel pensamiento del que Roma bebió y que extendió por las riberas de un mar que fue el centro del mundo civilizado. Somos romanos, y donde Roma no llegó, no hay civilización. Luego vendría otro caudal fecundo, el que nacido en el Creciente Fértil, en virtud de la expansión del cristianismo, arraigó en la Urbe, generando la síntesis de aquellos ubérrimos y luminosos –sí, luminosos, más allá de un falso prejuicio colectivo- siglos medievales.

Atenas, Roma, Jerusalén, el trípode sobre el que se sustenta nuestro ser más hondo, y que, a través de múltiples renacimientos y del Renacimiento, dio paso a la Ilustración y a las conquistas políticas y sociales de la contemporaneidad. Un legado que, sin negar sus zonas tenebrosas, que las ha tenido  -y no pocas-, es preciso reivindicar si queremos seguir siendo ciudadanos libres, ciudadanos iguales, miembros de una polis en la que el bien común debería ser el objetivo esencial.

Zweig era consciente, como aquellos filósofos medievales que, frente al adanismo y autosuficiencia actuales, se consideraban enanos a hombros de gigantes, de que su labor era consecuencia de una tradición multisecular. Su continuo encuentro con libros le llevó a amar esa preciosa herencia; un amor que le empujó, ante el temor fundado de su destrucción, a no querer ser testigo de ella.

Hoy sabemos que estaba equivocado, y su error es una invitación a que no nos resignemos y que, como Momo en la obra de Ende, no dejemos de luchar contra los hombres grises que quieren imponernos su grisura. O, como don Quijote, no dudemos en enfrentarnos a los falsos gigantes que no son más que apariencia movida por el viento.

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