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13 Jul 2024
13 Jul 2024
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Abandonad toda esperanza

No perdamos de vista que el objetivo final del proceso no es engrosar la estadística de los casos resueltos, “sacar papel” a destajo, sino impartir justicia

“Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Archiconocidas son estas palabras con las que el sacerdote da por terminado el acto de la confesión. Por eso mismo, por lo familiares que suenan a nuestros oídos, quizás se nos haya escapado que representan el fallo de una sentencia, la parte dispositiva de una resolución absolutoria. El cristianismo está impregnado de figuras jurídicas como, sin ir más lejos, el juicio final.

Técnicamente, se denomina “psicostasis” al pasaje del alma al tribunal celestial que ha de juzgarla. En la iconografía cristiana, el arcángel San Miguel desempeña la función de “psicopompo”, el guía que conduce el espíritu del difunto hacia las puertas que guarda San Pedro. El mismísimo poeta Virgilio fue el encargado de acompañar a Dante al inframundo. Acaso el ejemplo más antiguo del que se tenga noticia sea el antiguo Egipto, donde el dios Anubis, cabeza de chacal, llevaba a los muertos al tribunal que formaban los dioses del panteón faraónico.

Prestemos atención a un detalle: todos estos casos consisten en un juicio contradictorio, pues al reo se le daba la oportunidad de contestar al interrogatorio al que lo sometía sus juzgadores. El dios Thot presidia la sala en que se sentaba el secretario, Osiris, que iba tomando nota de las respuestas que el acusado daba a las preguntas que le dirigían los jurados divinos. En la mitología griega, el dios Minos, tras su divinización, desempeñaba análogos menesteres.

¿Cómo saber si el compareciente mentía?

Los dioses egipcios se auxiliaban de una balanza: en un platillo depositaban el corazón del finado; en la otra una pluma que simbolizaba la verdad y la justicia (Maat). Si la respuesta era falsa, el fiel se inclinaba hacia el lado de la pluma, pues las vísceras arrancadas de las entrañas del cuerpo sin vida aparecían vacías, desprovistas de la verdad, el único ingrediente que ponderaba este polígrafo ancestral. La idea que nos trasmiten estas historias es muy sencilla: no hay justicia sin verdad, tal como se expresaba en otro artículo de esta misma columna (“Salvajismo jurídico”). Desafortunadamente, los órganos jurisdiccionales actuales no están equipados de una tecnología tan infalible, por lo que no les queda más remedio que confiar en la experiencia de nuestros magistrados. De ahí que siempre subsista la duda del error judicial, del temor a haber absuelto a un culpable o condenado a un inocente.

Durante la Edad Media los inquisidores recelaban de las pruebas personales, pues desconfiaban de la sinceridad de los testigos, no digamos ya de los procesados. Llegaron a la conclusión de que la evidencia más fiable era la confesión del reo, o sea, su declaración autoincriminatoria: cuando él mismo reconocía ser el autor de la infracción que se le imputaba. ¿Por qué? Porque pensaban que sería muy raro que un embustero se perjudicase a sí mismo, de manera que, si admitía su culpabilidad, con toda seguridad era porque había perpetrado de veras el crimen. No es de extrañar que calificasen la confesión como Regina probatorum, es decir, la Reina de las Pruebas, la más verosímil de todas.

Esa es la misma lógica subyacente en el sacramento de la confesión. Recordemos que el cura le pregunta al pecador: ¿de qué te acusas? Nótese, es el propio encausado el que se autoinculpa. Pero no quedan aquí las cosas. El confesor le da la “absolución” de la condenación eterna, pero le impone como contrapartida una “penitencia”, en otros términos, una penalidad alternativa. Si el declarante la incumple, entonces se revoca la absolución y es reo de los tormentos infernales. Como vemos, el proceso se asemeja sobremanera a una condena condicional, una remisión “bajo palabra”.

A los juristas se le vendrá inmediatamente a la cabeza las “conformidades” que se practican en nuestros juzgados, cuando los detenidos aceptan el escrito de calificación del Ministerio Público a cambio del premio de una rebaja en un tercio de la condena. Es una noción jurídica de origen foráneo, sobre todo del mundo anglosajón, donde la gran mayoría de los casos se resuelven en comisaría. El juez solo interviene a posteriori, para homologar el resultado de las negociaciones entre los abogados y los fiscales. Ni que decir tiene que proliferan por doquier los errores judiciales, pues muchos sospechosos se “conforman”, rectius, se “aguantan”, con lo que su letrado ha sido capaz agenciarles, de arrancar tras un duro tira y afloja a los implacables acusadores (plea bargaining). Es un ritual que recuerda más a un regateo entre mercaderes que a la búsqueda de la justicia, en última instancia, de la verdad.

Debido a la sobrecarga de nuestros juzgados, la conformidad, aunque todavía con severas restricciones, se va abriendo paso en la práctica forense española. Bienvenidas sean las soluciones que favorezcan la economía procesal, pero no perdamos de vista que el objetivo final del proceso no es engrosar la estadística de los casos resueltos, “sacar papel” a destajo, sino impartir justicia. Triste tener que insistir en lo obvio.

Ojalá Thot nos preste su máquina de la verdad, su balanza infalible, pero, mientras tanto, no hay más remedio que ser conscientes de que nuestros jueces no son dioses, sino hombres, falibles como todos los mortales, por lo que han de extremar la prudencia para no condenar a nadie si no están completamente convencidos de que la confesión sea sincera. Aunque ello suponga pasar por el engorroso trámite de celebrar un juicio en vez de una rápida y cómoda conformidad.

En otro caso, no quedará, parafraseando a Dante, sino entonar esta lúgubre letanía lasciate ogni speranza.

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