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14 Jun 2024
14 Jun 2024
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Bellas artes: la deshumanización de la cultura

Para deshumanizar a la población mundial antes es preciso deshumanizar el arte

Fotografía: El hijo del Hombre/René Magritte (1964)

En el siglo XXI todos somos víctimas de un mismo engaño: el Mercado nos ha ofrecido una falsa idea de la libertad, que quizás sería mejor denominar “liberalización”, pero que en realidad tal vez no sea otra cosa que toda una inversión sencilla y malintencionada de todos los valores tradicionales. En consecuencia, América, la tierra por excelencia de la liberalización, ha vendido (y esa es la palabra) desde el final de la Segunda Guerra Mundial en adelante, coincidiendo además con una aceleración vertiginosa de los procesos tecnocientíficos en la vida civil, y gracias al siempre indispensable apoyo de la industria de la ficción (también conocida como industria de los sueños: Hollywood es el “Bosque-Sagrado”), toda una reconstrucción de la civilización en base a unos criterios pura y duramente economicistas.

Porque, en el siglo XXI, la economía no es sino una forma moderna de guerra: entre Estados, aunque también (y sobre todo) entre distintos estamentos de una misma sociedad. La fase avanzada del capitalismo, esa versión terminal en la que estamos, es un Simulacro situado más allá de la realidad y la ficción, una caverna platónica construida por el cine y los medios de comunicación, que conocemos bajo el epígrafe de: Sueño Americano. Una realidad de Simulacro surgida gracias a una forma artera de guerra que, centrándose en la economía, en realidad se ha dedicado a imponer la dinámica del Imperio a lo largo del orbe y sin necesidad apenas de utilizar la violencia bélica, si bien, a cambio, sabiendo enarbolar el imaginario cultural y la capacidad económica como arma.

La eliminación del patrón oro en los acuerdos de Breton Woods de 1971 significó entonces lo mismo que la cada vez más próxima eliminación del dinero fiduciario representa hoy: es liquidar, en nombre de la liquidez, todo referente sólido de la realidad. Para mejor imponer una hiperrealidad orientada hacia la “seguridad” y el control. La lógica de la fragmentación es saturniana, apátrida y parricida/infanticida (a la manera de Edipo y Abraham), porque en tiempos de Cuarta Revolución Industrial (K. Schwab) y de Homo Deus (Y.N. Harari), esto es, de dominio de la Inteligencia Artificial y desarrollo de una mutación humanoide para uso de la clase más rica del planeta, todo lo sólido termina por desvanecerse en el aire. Y la época pronto alumbrará nuevos frentes.

No es casualidad que figuras culturales de la talla de Dostoievski y Tolstoi (tal vez los dos escritores más reputados del siglo XIX) hayan sido sustituidas por una cultura inane que, lejos de ser espiritual, enarbola los valores del entretenimiento y la evasión. La lógica de la fluidez, de la desterritorialización, del desarraigo y de la liquidación total de una sociedad, es también la lógica del andrógino, que algunos prefieren llamar “agenda de género”, imponiendo así la eliminación de todo rasgo sólido y diferenciador entre los polos masculino y femenino presentes en la Naturaleza, para a cambio implantar una descomposición encubierta de “nuevos roles familiares” y otras zarandajas igual de malvadas.

Las nuevas bellas artes

La deriva inmaterial de la última Modernidad es especialmente perceptible en las Artes; así, el cine, la forma artística de masas por excelencia en el siglo XX, no es otra cosa que una manifestación exotérica de los grandes procesos teológico-políticos que ha sufrido la humanidad en los últimos tiempos; o, si se prefiere prescindir de sutilezas, todo un lavado de cerebro colectivo para favorecer conductas perversas, desviadas y violentas en grandes masas de población occidental. Mientras que, para la así llamada “Alta Cultura”, todavía reservada a minorías elitistas, si bien aún accesible en cierto grado para algunos estratos de la clase media, un paso análogo fue la transición de lo figurativo a la abstracción en la representación artística.

El texto fundacional del movimiento surrealista, publicado en octubre de 1924 con el título de Manifeste du surréalisme, hace ahora casi 100 años exactos, fue una excepción dentro de esa corriente, puesto que en la obra de auténticos genios como Salvador Dalí, René Magritte, Max Ernst o Leonora Carrington lo figurativo y, sobre todo, el epítome de esto, que es lo simbólico, todavía tiene cabida en toda su inconmensurable expresión.

Toda idea relativa a la mímesis o a la figuración (así como cualquier noción de orden, simbolismo o de armonía) fueron expulsadas progresivamente de la crítica artística oficial, en favor de nuevos movimientos, como el así llamado “expresionismo abstracto”, que en realidad fue una invención “promocionada” con fines ideológicos y mercantilistas en los Estados Unidos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. No olvidemos que tanto Mark Rothko como Jackson Pollock, dos artistas frágiles y torturados (y de trágico final), fueron poco menos que satélites estéticos dirigidos con fines geopolíticos por la CIA, en un tiempo en el que la Unión Soviética todavía defendía el realismo socialista como forma oficial de arte.

Para deshumanizar a la población mundial antes es preciso deshumanizar el arte, como supo ver José Ortega y Gasset en 1925 (de nuevo, hace casi 100 años), y esa destrucción de lo humano por medio de la progresiva masificación, que se lleva implementando sobre todo desde el Renacimiento en adelante, parte de una desautorización de todo valor trascendente (salvo el saturniano): intensificando la lógica prometeica basada en la divinización de lo humano es como finalmente se puede implementar la lógica fáustica que diviniza lo tecnocientífico, empezando por el CERN, para a cambio terminar de desbancar a lo humano como sujeto de la Historia, imponiendo en su lugar lo «maquínico» e incluso lo transhumano. Sobre todo, en el Arte, aunque por supuesto no sólo en el Arte, la lógica de la liquidez y la abstracción es la lógica deshumanizadora de la realidad virtual, en la que ya estamos instalados.

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