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24 Jun 2024
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Invicto

La auténtica libertad reside, pues, en aprender a vivir sorteando el abismo, pero sin terminar de confundirnos con él; incluso encerrado es posible la libertad

Cartel promocional de Invictus (2009)

El actual cuestionamiento de la categoría de libertad resulta muy peligroso; por todas partes abunda (y curiosamente coincide con el uso excesivo del término que hacen los peores politicastros de un lado y de otro, simulando así una falsa oposición que solo busca oscurecer aquello que en todo momento es invocado): encontramos retazos de predestinación y determinismo en el racionalismo cartesiano, en la religiosidad protestante, en el cientificismo positivista y en el transhumanismo; según el pensamiento hegemónico de la Modernidad, a saber, el nihilismo, nuestras patologías, nuestros genes y nuestros dioses parecerían haber decidido el futuro por nosotros.

Incluso la propia idea “aceleracionista” de colapso, que parece ser la perspectiva occidental más realista de salida de la Modernidad, guarda en su interior una poderosa noción de inevitabilidad. Contra lo que muchos piensan al imaginar el porvenir de sus seres queridos (o en su propio porvenir) en el marco de ese futuro incierto que conforma nuestro inestable presente, el colapso es un instante deseable en la Historia; cuanto antes llegue, mejor, porque antes quemaremos esta nefasta etapa de la civilización. En estos momentos, es tal el estado de descomposición que resulta imposible revertir el proceso; y cualquier plan conservador para poner pequeños parches, a modo de palos en las ruedas, para aminorar el impacto de nuestra época sobre el sujeto contemporáneo será estéril.

La auténtica libertad reside, pues, en aprender a vivir sorteando el abismo, incluso instalados existencialmente en ese aciago destino, pero sin terminar de confundirnos con él. Nuestras vidas, las historias que contamos, los acontecimientos que suceden en el día a día, son vertebrados desde hace milenios por un mismo conjunto de estructuras míticas imperecederas: aquello a lo que se ha llamado patrones, arquetipos, mitologemas o Ánima Mundi; y de entre todos ellos destaca, a la hora de lograr imponernos sobre los males de esta época, el mitologema del hombre libre que encarna en todo aquel que se niega acatar cualquier orden con la que se encuentra en desacuerdo; alguien que se demuestra auténtico en su naturaleza innata porque en cada prueba del laberinto evidencia que no tiene miedo a las consecuencias.

Nada hay que perder superior a la propia libertad: renunciar a ella supone claudicar a todo anhelo de salvación. Tanto en la película The Hurricane (1999), como en Invictus (2009), se nos cuentan dos versiones respectivamente basadas en hechos reales del mismo acontecimiento: la reacción de un hombre que ha sido encerrado por el único crimen de tener un color de piel distinto, su capacidad de resistencia en un ambiente penitenciario al que se ve abocado por un acto criminal que no ha cometido.

En el poema de William Ernest Henley que da título a la película de Clint Eastwood leemos: “En la noche que me envuelve,/ negra, como un pozo insondable,/ le doy gracias al dios que fuere,/ Por mi alma inconquistable”. Un poema que adquirió un significado distinto durante los meses del mal llamado “confinamiento” (puesto que en realidad fue un arresto domiciliario y no en alguna forma de abismo físico o espacio liminar similar), no tanto debido al encierro generalizado (que muchos supimos evitar de forma astuta) como por la figuración de que otros muchos sí que estarían sometidos a dichas restricciones. A consecuencia, precisamente, del miedo…

Incluso sin la libertad de movilidad, se extrae de las películas, es posible la libertad. El ejemplo histórico de Nelson Mandela o de Huracán Carter se funde con el arquetipo del hombre rebelde diseñado por Albert Camus: aquel que dice no; y, como vio el autor de El extranjero (1942), esa actitud existencial no resulta en absoluto nihilista, sino radicalmente refractaria al nihilismo: “El rebelde metafísico, por tanto, no es ciertamente ateo, como podría pensarse, sino necesariamente blasfemo”. Podemos decir no, y justo por eso es que somos libres; porque a pesar del azar y de la necesidad, de la tiranía y de la esclavitud, tenemos un espíritu que es el único soberano de sí mismo.

La casa del Ser es un recodo oculto, interior, que no nos pueden arrebatar más que con la alienación, y que se demuestra inexpugnable cuando resistimos al juego de control mental, a la dominación del recodo más íntimo de aquello que somos; justo aquello que, hoy en día y gracias al grado extremo de decadencia en el que estamos inmersos, se encuentra amenazado. En ese lugar sagrado, donde el Ser es en su esencia más profunda, tiene lugar la auténtica vida de nuestra verdadera identidad, como concluye el poema: “Ya no importa cuán estrecho haya sido el camino,/ ni cuantos castigos lleve mi espalda,/ Soy el amo de mi destino,/ Soy el capitán de mi alma”. Permaneciendo así, una vez más, invicto.

El actual Imperio caerá primero en nuestros corazones; y su ya inevitable quebrada vendrá con el sonido sordo que hace un árbol seco al derrumbarse en el bosque. Nosotros construiremos leña con sus restos, para mejor calentarnos en la noche, para mejor alumbrar el viejo sendero de la libertad. Avivando el fuego será como forjaremos el camino de un nuevo futuro: solo hay que aguardar a la ocasión. Mantener intacta la condición indómita de nuestro Ser. Puliendo la libertad, pasando el testigo de unos a otros, aguardando el momento preciso para actuar.

Cuando el signo de la civilización cambie, tras el anunciado colapso, cambiará también la concepción antropológica que únicamente contempla al hombre tendido entre el azar y la necesidad, alejado por completo de la Providencia y entregado, por ello, a los brazos del Gran Relojero Universal y su universo-máquina. Sin la facultad de lo invisible, de ese poder misterioso e infalible que todos portamos en nuestro interior para así poder librarnos del miedo, no seríamos otra cosa que robots programados para una serie de funciones; sin embargo, nada de eso es verdadero: a pesar de las circunstancias externas, el Ser del hombre libre permanecerá siempre invicto. Incluso entre las ruinas.

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