Hércules

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24 Jun 2024
24 Jun 2024
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El jabalí de Erimanto

Hércules se enfrenta a su cuarto trabajo, capturar al temible jabalí de Erimanto. Una reflexión sobre la labor civilizatoria.

Prosiguiendo con los 12 hechos canónicos del héroe, toca ahora hablar del cuarto trabajo, que es el del jabalí de Erimanto. Aquí, como en el trabajo anterior, no nos encontramos ante un monstruo portentoso o sobrenatural por la especie –como en el caso de la cierva– sino ante una bestia típica de las partidas de caza de todos los tiempos, pero que deviene una criatura terrorífica.

El de Erimanto era un jabalí enorme de largas cerdas y tamaño, que echaba espuma por la boca y vivía en un bosque junto a este río o monte, pues Erimanto puede ser un monte de la Arcadia y la Élide (hoy el Olono) o un afluente del río Alfeo, junto al otro, el río Ladón. Fue esta la misión que le encomendó esta vez Eristeo a Hércules, que marchará al lugar más recóndito de Arcadia y que allí se enfrentará este horrible jabalí que, según alguna versión, era antropófago.

Parece que se hizo el trabajo de camino a otra de sus acciones, esta vez no canónicas o principales –es decir, las llamadas parerga o “hechos que se hacen de camino”–, que fue la lucha contra unos centauros enardecidos por el vino, cuando iba a visitar a su amigo el centauro Folo. Hércules ejecutó entonces esta misión de eliminar a esta fiera antropófaga como una de las varias con las que se enfrentará Hércules.

El hecho de derrotar a una bestia devoradora de hombres es una marca del héroe civilizador que tiene que ir limpiando de monstruos una región agreste o poco civilizada. En este caso, se trata del típico bosque encantado de los cuentos, situado en una salvaje región que, para muchos autores, era la parte esencial de la mítica Arcadia.

Este lugar, frecuentado por pastores y rústicos, ha configurado un tópico literario y casi un estado de ánimo que se centra, por un lado, en la retirada del mundo, y por otro, en el aislamiento, a veces con matices positivos, otras negativos. Así, la Arcadia aparece como un lugar idílico o utópico en diversas fuentes poéticas. Como comarca aislada en el peloponeso, se dice que había sido sede de los antiguos pelasgos, pastoriles habitantes del lugar. Está muy relacionada con los ritos antiguos del gran dios Pan, de fertilidad y extravío, luego parte del cortejo dionisíaco.

Allí estaba también su corte de ninfas y sátiros, que después habrían de poblar la imaginación de los poetas y pintores del Renacimiento y el Barroco, en imitación de la poesía pastoril antigua, como las Églogas de Virgilio, que la toma como escenario en ocasiones. Es sede de la vida alejada del mundanal ruido, feliz, sencilla, frugal… un paraíso en la tierra, nada menos.

Recuerdo uno de los temas iconográficos que más fascinación han causado en la historia del arte: precisamente el tópico de “et in Arcadia ego”, al hilo sobre todo de una pintura de Nicolas Poussin, que suele ser interpretada, pese algunas otras exégesis más o menos esotéricas, como la idea de que “también en Arcadia estoy yo”, la muerte, pues se encuentra allí una suerte de túmulo a modo de memento mori.

Pero, por otro, la idea de la Arcadia hace énfasis en el aislamiento total de la naturaleza y alejamiento de la cultura y de la civilización. En la lengua griega antigua y posterior, señal de este aislamiento es el grupo dialectal arcado-chipriota, que quedó allí como reliquia antigua. En el mito de Hércules, nos encontramos en la “arqueología” de este lugar aislado e idílico, cuando estaba dominado por las fieras más terribles.

En todo caso, es el lugar entre lo fantástico, lo onírico y lo utópico en el que Hércules tendrá que vérselas con el jabalí. Debía atrapar vivo, además. Una de las representaciones más célebres de este cuarto trabajo en la pintura sobre cerámica de figuras negras, un ánfora de Vulci, en el mundo griego clásico, muestra cómo Hércules trajo vivo al jabalí al palacio de Euristeo y este se tuvo que ocultar en una gran vasija.

Me parece un gran ejemplo de meta-arte pues, el ceramista y el pintor reflejan en cierto modo su propia obra dentro de su obra, ya que la gran vasija en la que se encierra Euristeo parece una hidria o gran ánfora como una de las que fabricaban: los modelos más grandes que existían en la antigüedad era para almacenar agua, aceite u otros alimentos. Luego la bestia fue sacrificada.

Se decía, al fin, que los dientes del jabalí de Erimanto se conservaban en el santuario de Apolo de Cumas, en la Magna Grecia. Entre las representaciones iconográficas de la historia, destaca además un relieve de la Basílica de san Marcos en Venecia. Lo pinta, además, de manera espléndida Zurbarán en un lienzo del Museo del Prado.

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